Colindres y la Gran Guerra

El 11 de noviembre de este año se cumplirá el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial. Un conflicto de catastróficas consecuencias, a las que España no fue ajena pese a mantenerse neutral.

En Colindres, el primer síntoma de las distorsiones bélicas lo encontramos a comienzos de 1915, cuando regresaron al municipio varios vecinos emigrados a París, ante la ofensiva alemana. Al mismo tiempo, el Ayuntamiento admitía la crisis que afectaba a la población obrera, impulsando obras públicas para intentar paliarla, como el arreglo de la Alameda del Barrio Nuevo. Una coyuntura crítica que se extendía a Ampuero, Castro, Guriezo, Ramales, Resines… Multiplicándose los fraudes en artículos como el pan, la carne, el vino y los alcoholes.

Como consecuencia, a finales de 1915 se estableció una nueva plaza de vigilante en el municipio para posibilitar turnos diurnos y nocturnos, y hacer frente al creciente contrabando de aceites y jabón. Un mercado negro que crecía impulsado por el incremento de precios y el consecuente desabastecimiento.

Iniciado 1916 el Consistorio efectuaba un balance de la situación, asegurando que “la vida se hace cada día más cara debido a la subida tan extraordinaria que han alcanzado las subsistencias, como consecuencia de la guerra mundial y cuyos efectos de tan terrible azote se dejan sentir en nuestra querida patria”. La coyuntura no hizo sino agravarse, alcanzando las carencias al suministro de carbón, del que debió hacerse cargo el mismo Ayuntamiento, importando desde Asturias cantidades que, aunque insuficientes, fueron repartidas entre los vecinos. Operación que hubo de repetir el invierno siguiente, intentando lograr provisiones mensuales.

La agudización de los problemas llevó, en agosto de 1918, a convocar una reunión en Ampuero de todos los municipios de la comarca, en la que acordaron dirigirse al Comisario General de Abastos para lograr envíos de maíz, trigo y carbón. Al mismo tiempo, desde Colindres se gestionó un pedido de cinco toneladas de maíz para afrontar las apremiantes necesidades alimentarias de la población.

La situación era tal que, aquel mismo mes, se celebró en Santander otra reunión con delegados de todos los pueblos, junto a los representantes en Cortes de la provincia. Su objetivo era buscar paliativos al desabastecimiento, “en vista del pavoroso problema que se presenta para el próximo invierno debido a la pérdida de cosechas en varias comarcas de la provincia”.

Otra consecuencia de la crisis bélica fue la suspensión de determinadas festividades, como los Carnavales, interrumpidos durante los cuatro años que se prolongó la contienda mundial.

Las circunstancias alcanzaron tintes de tragedia cuando, a finales del verano de 1918, se extendió a Colindres la pandemia de gripe que, por todo el mundo, segó la vida a entre veinte y cuarenta millones de personas; tantas o más como la propia Gran Guerra. Fue conocida como Gripe Española, porque aquí recibió mayor atención por parte de la prensa, en tanto su información fue censurada en los países en lucha para evitar la desmoralización de sus poblaciones.

Ante el peligro, en septiembre de 1918 el Ayuntamiento decidió vigilar a los foráneos que pernoctaran en el pueblo, en especial a los mendigos. A mediados de mes, y ante los primeros casos (ochenta el día 15), proliferaron las quejas por las carencias de leche para atender a los enfermos. En respuesta, el Consistorio se reunió con los que denominó “acaparadores”: Manuel Volais, Manuel Martínez y Daniel Carro, quienes exportaban la leche hacia Bilbao, exigiéndoles un depósito de treinta litros, almacenados en un fielato. También se comprometió a afrontar los gastos de abastecimiento a pescadores y jornaleros.

La epidemia se expandió con rapidez, de modo que en la segunda quincena de octubre el médico Eduardo Durante se confesaba desbordado por la multiplicación de afectados, aún más tras el contagio del farmacéutico Antonio Cervallos. El día 26 se celebró pleno extraordinario con la asistencia de los vocales de la Junta Municipal de Sanidad, el párroco y presidente del Sindicato Agrícola, Baldomero Toca, y el presidente de la Unión Marinera, Fernando Fernández. Convocaron una solicitud de donaciones voluntarias para reunir fondos e improvisaron un lazareto para aislar y atender a los enfermos. En noviembre llegó al pueblo, como refuerzo médico, el practicante Ángel Soler, pero también cayó enfermo, siendo sustituido por Raimundo Olivares.

La epidemia no remitió hasta la segunda mitad de noviembre, decretando la Junta de Sanidad su finalización el día 25 y autorizando la apertura de escuelas y templos. Más de medio millar de personas se habían visto afectadas.

Pie de foto: “El doctor Eduardo Durante dirigió los servicios médicos frente a la epidemia de gripe de 1918”. Fuente: Archivo Carmen Urriola

Autores: Yolanda Arce y Ángel Revuelta

 

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Publicado el

31 julio, 2018

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