El chacolí de Colindres

El chacolí de Colindres

Un aspecto llamativo en el paisaje urbano colindrés son las referencias al cultivo de la vid, tanto en la toponimia: “Callejón de las Parras”, “El Solar de la Viñas” o “La Viñuca”, como en algunos elementos constructivos, caso de los parrales presentes en ciertas parcelas. Algo que puede sorprender, ante la actual ausencia de cultivos vitícolas en el municipio. La respuesta la hallaremos en la historia de la villa, pues durante siglos el cultivo de uvas para la elaboración de vino fue una de sus principales actividades.

El vino chacolí era una producción extendida por el norte peninsular, especialmente en las provincias vascas, Burgos y Cantabria, y se le conocía como “patrimonial” o “de la tierra”. Se elaboraba a partir de uvas con cierta acidez y reducida graduación alcohólica, características debidas a sus viñas emparradas.

En Colindres se plantaba en toda parcela aprovechable de huertos, tapiales y mieses, vendimiándose la primera semana de octubre, para lo cual se convocaba a los vecinos con un repique de campanas. No estaba sujeto a impuesto gracias al Privilegio concedido por la corona en 1399, pudiéndose además prohibir la importación de caldos foráneos: “ninguna persona sea osada a entrarlo en él por mayor o por menor hasta que se haya consumido su patrimonio”. Para su venta estaban habilitadas dos tabernas, una en el barrio de La Magdalena y otra en Colindres de Arriba. El diccionario de Pascual Madoz (1850) lo valoró en su momento como un caldo “de muy buena calidad, que bien elaborado compite con el de Burdeos”.

Su relevancia viene confirmada por el hecho de que, a finales del siglo XVIII, los réditos de su comercialización pretendieron ser utilizados para financiar la renovación del camino entre Laredo y Burgos a través de Los Tornos, el antiguo Camino Real que cruzaba Colindres. Se impuso un tributo de medio real sobre cada cántara de vino, además de un real por cada fanega de castañas embarcada en puertos y riberos (otra importante producción colindresa). Aprobado el proyecto en 1792 y confirmado por Real Orden de 1798, su construcción habría compensado a las comarcas orientales por la apertura del “Camino de las Harinas”, que conectaba a Santander con los campos de trigo castellanos a través de El Escudo. La crisis desencadenada por la Guerra de Independencia, sin embargo, frustró el proyecto.

Aquella política proteccionista finalizó con la abolición de los privilegios forales en la década de 1830, lo que derivó en un progresivo decaimiento de la producción y el consumo de caldos autóctonos. La articulación por el régimen liberal de un mercado nacional único, impulsado por la mejora de transportes y comunicaciones, hicieron imposible la competencia frente a vinos de mayor calidad provenientes de las comarcas del Duero y La Rioja.

Para tratar de revertir la situación se fundó en enero de 1852 el Gremio de Cosecheros de Colindres, que reunió a setenta y cinco productores dispuestos a cooperar para la preservación del vino patrimonial. Algunos de ellos, liderados por el entonces alcalde José María Mazón, solicitaron al gobernador de la provincia el mantenimiento de las franquicias tributarias incluidas en el Privilegio; aunque otros industriales defendieron la esterilidad de tal estrategia.

El golpe de gracia, sin embargo, no vino de la mano de cambios legislativos o evoluciones del mercado, sino por la intervención de la naturaleza. Aquel mismo año de 1852 una plaga provocada por el hongo Oidium Tuckeri atacó todos los cultivos vitícolas del litoral cantábrico. Los emparrados se vieron convertidos en eriales, con el agravante de que en Colindres esos terrenos no podían reorientarse hacia otro tipo de cultivo, pues se localizaban en posiciones elevadas y de secano.

Hacia 1860 los casi 3.000 carros de tierra dedicados a la viña languidecían, plagados de vestigios de cepas e invadidos por zarzas y abrojos. Su única utilidad era ya su uso como leña en los hogares de los vecinos. La plaga llegó a atacar, también, a los árboles frutales y probablemente a las plantaciones de maíz, puesto que durante diez años no se consiguió regularizar las cosechas en Colindres.

En la década de 1870 se reconocía que el escaso vino chacolí que aún se producía en el pueblo era de mala calidad y que su coste de producción era superior al de venta, lo que le llevó a perder, definitivamente, la batalla frente a los vinos foráneos, cuyo consumo se impuso en el municipio.

Pie de foto: “Antiguos parrales sobre el muro de acceso a la Casa del Mazo”.

Textos: Yolanda Arce y Ángel Revuelta

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Publicado el

10 abril, 2018

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